sábado, 20 de octubre de 2012

Viaje a destino inevitable





Quiero ser sincero, existe cierta fascinación en mí acerca de los cementerios. A cualquier ciudad a la que me dirija, es imperante que visite el local y sentir la tranquilidad que solo en este tipo de lugares se puede sentir. El silencio es impagable y la arquitectura de estos lugares me hace viajar en el tiempo. Estos lugares también albergan monumentos y sitios de interés, siempre la tumba de algún personaje famoso es visitada a diario por algún curioso que la observa  con una mirada que es capaz de atravesar el grueso concreto de aquella suerte de morada eterna.
Sentado en cualquier banco me pregunto cómo habrá sido la vida de aquellos que yacen a metros bajo la tierra, dentro de un nicho o en un fabuloso mausoleo.
¿Por qué han muerto?
Sin duda creo que debe haber más personas bajo una cruz que observándolas, y a favor de una estadística rápida, creo que puede ser cierto.


Cementerios existen es todos los lugares, dentro de una ostentosa iglesia que alberga a los fallecidos religiosos, o en el medio del desierto en los cuales se encuentran los anónimos testigos de una peste mortal.
Estés en el cementerio que estés el silencio es vasto, puede ser con solo una tumba o en un metropolitano, el aire es el mismo y la sensación es idéntica.
Nada podrá interrumpir el respeto por los muertos, incluso por los ajenos, aquellos con nombres raros y antiguos que llevan más de cien años o que incluso su responso fuera ayer. Bajo tierra todos son iguales, todos serán devorados sin distinción y su carne será amarga por el resto de los días.
El cementerio también me produce un cariño, el hecho de pensar que terminare de alguna u otra manera, tarde o temprano en alguno de ellos, me hace querer comenzar a acostumbrarme. Aun no pienso en comprar un trozo de tierra para ello, pero sí creo que construiría mi ataúd, de hecho siempre lo he pensado, un cajón de madera natural sin pintura y con cuerdas en vez de manillas y, ahí dentro de este simple trabajo, yo envuelto en la tela más barata.
Pienso que esto que digo es lo más seguro que tengo en la vida, aparte de todo el conocimiento que se pueda adquirir, la muerte es más que un día en la vida, es eso que nos motiva a doblar en la esquina o a decidir en ciertas ocasiones. Aquel que no piensa en su propia muerte, no aprecia su propia vida. No soy un depresivo, pero tengo claro que algún día estaré para siempre en uno de ellos.